top of page
Buscar

Los colores del poder vs. la voz ciudadana.


Los resultados de la consulta popular en Ecuador dejaron más que una lectura política: revelaron el enorme peso que tiene la comunicación visual en la construcción de percepciones durante un proceso electoral. Más allá de las propuestas, los mensajes o las posiciones ideológicas, la forma en la que se presentan las ideas influye de manera directa en cómo la ciudadanía interpreta una campaña.

En esta elección, los códigos visuales utilizados por el gobierno tuvieron un impacto evidente. La decisión de incorporar elementos cromáticos, tipográficos y simbólicos asociados directamente al partido oficialista terminó condicionando el enfoque general de la consulta. En lugar de posicionarse como una decisión nacional, abierta y transversal, la gráfica reforzó la idea de que el proceso se encontraba atado a una tienda política concreta.

Esta asociación no provino del contenido del mensaje, sino de los códigos visuales que históricamente ya tienen una lectura en el imaginario colectivo.

Por contraste, los partidarios del “No” optaron por una puesta visual completamente distinta: imágenes simples, sin afiliación ni identidad partidista, y una narrativa más cercana a un movimiento ciudadano que a una estructura política. Este distanciamiento gráfico hizo que el mensaje se perciba más orgánico, más espontáneo, más emocional y, sobre todo, más representativo de la diversidad del electorado. La comunicación del “No” fue menos técnica, pero más social; menos institucional, pero más humana.

Es importante aclarar que el enfoque de una idea no nace de la línea gráfica. La comunicación no reemplaza la estrategia. Sin embargo, la gráfica sí permite identificar errores, contradicciones e intenciones no resueltas en la propuesta. Cuando los códigos visuales escogidos arrastran una carga política que el mensaje no quiere —o no debería— asumir, la narrativa se debilita y la campaña pierde neutralidad, incluso antes de que el ciudadano lea una sola palabra.

En el contexto de esta consulta, la utilización de ciertos colores, formas y estilos minimalistas buscó transmitir modernidad y simplicidad. Pero ahí surgió otro problema frecuente en comunicación política: la obsesión por lo “minimal” puede derivar en un contenido vacío en su ejecución. Un diseño limpio no puede reemplazar la claridad del mensaje, y la estética no puede sostener por sí sola una estrategia que no define su posición con firmeza.

La lección que deja esta elección es clara: los códigos visuales no son un complemento estético; son parte del mensaje. Y si no se analizan cuidadosamente, pueden desviar el objetivo original de una campaña, generar lecturas no deseadas o incluso reforzar narrativas contrarias. En política, todo comunica, incluso lo que parece “solo diseño”.

 
 
 

Comentarios


bottom of page